











































En mi cumpleaños nadie me regaló nada, ni las felicitaciones. Pocas semanas después, el 14 de abril de 2021, un sujeto usando su hacha me cortó la cabeza, ¡y yo morí!
Fue en la oscuridad de la noche, cuando me encontré sentado junto a un extraño cuya presencia me resultaba inquietantemente familiar. El aire estaba cargado de electricidad, como si el universo entero estuviera observando en silencio un juego caótico e infernal.
Llegué devastado a la escena del crimen, mi cuerpo era una carnicería humeante, había perdido un brazo y otras partes. Y cuando me senté al lado del enigmático conocido, esperando encontrar consuelo al mirar las estrellas, sentí como mi mundo se puso patas arriba, fue como si las estrellas bajaran y yo subiera, adverso a ello, en un acto tan repentino como inevitable, la guillotina había caído rápidamente sobre mí. ¡Él me decapitó!
Cuando el aliento de mi existencia se desvaneció, emergí en un rincón del más allá que había visitado previamente en un sueño. Aún recuerdo detalles de esa alucinación, un recuerdo confuso en el que me encontraba en un intrincado laberinto, donde el firmamento era color ladrillo rojizo y sus muros inalcanzables paredes de fuego, como estar al lado de rascacielos, asimismo el suelo, era una superficie ajedrezada teñido de blanco ente y rojo ardiente.
No sé en qué brecha espacio tiempo me encontraba. Sin embargo, no estaba solo, después de caminar por el llameante y enredado lugar pasé a un salón inmensamente amplio, la sala del juicio, ingresé con otros tipos a quienes el juez central envió directo a quemar.
Ahora que he perdido la vida, he llegado de nuevo a esa sala de justicias, frente a mí: los tres jueces, seres divinos que con sus meras presencias me hacen sentir como si fuera un insecto. Mi juicio se desarrolló a vértigos y de modo cuantitativo, el eco de mi nombre resonó como susurro perturbador en la corte del más allá:
«¡Siguiente!, ¡Yoatad Azaswa!». Una voz procedente de la nada.
El juez a la izquierda, una figura sombría e imponente, se dirigió a mí con palabras que llevaban el peso de la divinidad.
—Ente Azaswa, preste atención. La existencia racional es una bendición, pero un humano carente de razón es tan solo un animal. En su mundo, solo las frutas maduran sobre la tierra. ¿Se considera usted digno de ser redimido y regresar como humano merecedor de razonamiento e inteligencia?
Antes de que pudiera articular mi respuesta, el mismo juez a la izquierda interrumpió mi intento, señalando con autoridad:
—¡Silencio, ente Azaswa! Le hice una pregunta, ¡pero no le he pedido una respuesta! Su partida de vida terrestre aconteció a los 27 años, cuando su destino debió concluir a los 72. Usted ha tejido 102,742 actos virtuosos y ha cometido 13’501,387 pecados.
No entendía todo del todo, estaba alegre de sentir mi cuerpo completo, sin embargo, sin vida, creo que era mi alma en forma de blanca energía similar a un nimbo. No obstante, la sentencia que los jueces deliberaban parecía más envuelta a mi contra que a mi favor.
El juez a la derecha, una figura severa y meticulosa, continuó el juicio con su implacable análisis:
—No cabe duda, ente Azaswa, usted no cumplió con los objetivos dados para su vida, sus convicciones humanas son una falta grave a la luz de la gracia. Un intento de suicidio claramente amerita un bucle animal; donde regresaría a la tierra en forma de insecto, masa de volcán, gotas de lluvia y rocas de mar. ¿Por qué los humanos no brillan como las estrellas al dejar la existencia? Lamento decir que usted es otro más que decepciona.
Los tres jueces entablaron un diálogo entre sí, a pesar de mis esfuerzos por comprender lo que hablaban, sus deliberaciones me eran en gran parte incomprensibles, aunque percibí palabras semejantes a las reglas inescrutables del karma y que el ciclo animal, al que aludían, era un castigo de duración incalculable. Podía ser, ¿los animales y algunas cosas inanimadas seres racionales que también habían incurrido en faltas?
El juez central, en su posición de máxima autoridad, anunció la sentencia con toda carga y gran severidad:
—Por segunda vez, ¡rueda Ohmoliwo! Su espíritu retornará al edén, su alma perderá sus recuerdos y será destinada a un ser vivo u otra cosa o entidad.
En ese instante, la voz que surgía de la nada resonó con fuerza en la corte:
«¡Siguiente!, ¡Frana Distancia!».