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Hay lugares que no existen en los mapas, pero pesan más que una ciudad.
Hay refugios que no tienen paredes, pero protegen como una fortaleza.
Y hay bibliotecas que no pertenecen a un siglo, sino a todas las horas en que alguien necesitó una historia para seguir respirando.

La Biblioteca Virtual Atemporal de Yeifer.com no nació para ser un simple archivo de libros. Nació para convertirse en arte y memoria, en una voluntad casi absurda de resistir al paso del tiempo.

Allí descansa lo que muchos escritores escribieron, lo que soñaron, lo que temían perder, lo que alguna vez pensaron que nadie leería… y sin embargo sigue vivo.

Es una biblioteca que no duerme.
Una biblioteca que no entiende de horarios.
Una biblioteca que, si la miras con atención, pareciera latir.

En ese espacio digital, el tiempo deja de mandar. Los años no se imponen, las modas no dictan sentencia, y el olvido no decide quién merece seguir existiendo. Allí, cada obra permanece como una constelación personal: fija, encendida, obstinada, retándome a seguir creando, recordándome que escribir nunca fue solo publicar, sino dejar una huella que no se pueda borrar fácilmente.

La he llamado atemporal, porque lo es.
Porque no pertenece a un “ayer” ni a un “mañana”, sino a ese territorio extraño donde habita la literatura verdadera: ese lugar donde, aunque el mundo duerma, las palabras siguen despiertas… igual que yo.

Te invito a entrar.
Te invito a perderte un poco.

Y si alguna vez sientes que el mundo te pesa, que el tiempo te persigue o que la realidad te expulsa, recuerda que en esa biblioteca hay una luz encendida.

Entra aquí, si te atreves a habitar lo que no muere:
👉 https://www.yeifer.com/2025/12/biblioteca.html

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En mi cumpleaños nadie me regaló nada, ni las felicitaciones. Pocas semanas después, el 14 de abril de 2021, un sujeto usando su hacha me cortó la cabeza, ¡y yo morí!

Fue en la oscuridad de la noche, cuando me encontré sentado junto a un extraño cuya presencia me resultaba inquietantemente familiar. El aire estaba cargado de electricidad, como si el universo entero estuviera observando en silencio un juego caótico e infernal.

Llegué devastado a la escena del crimen, mi cuerpo era una carnicería humeante, había perdido un brazo y otras partes. Y cuando me senté al lado del enigmático conocido, esperando encontrar consuelo al mirar las estrellas, sentí como mi mundo se puso patas arriba, fue como si las estrellas bajaran y yo subiera, adverso a ello, en un acto tan repentino como inevitable, la guillotina había caído rápidamente sobre mí. ¡Él me decapitó!

Cuando el aliento de mi existencia se desvaneció, emergí en un rincón del más allá que había visitado previamente en un sueño. Aún recuerdo detalles de esa alucinación, un recuerdo confuso en el que me encontraba en un intrincado laberinto, donde el firmamento era color ladrillo rojizo y sus muros inalcanzables paredes de fuego, como estar al lado de rascacielos, asimismo el suelo, era una superficie ajedrezada teñido de blanco ente y rojo ardiente.

No sé en qué brecha espacio tiempo me encontraba. Sin embargo, no estaba solo, después de caminar por el llameante y enredado lugar pasé a un salón inmensamente amplio, la sala del juicio, ingresé con otros tipos a quienes el juez central envió directo a quemar.

Ahora que he perdido la vida, he llegado de nuevo a esa sala de justicias, frente a mí: los tres jueces, seres divinos que con sus meras presencias me hacen sentir como si fuera un insecto. Mi juicio se desarrolló a vértigos y de modo cuantitativo, el eco de mi nombre resonó como susurro perturbador en la corte del más allá:

«¡Siguiente!, ¡Yoatad Azaswa!». Una voz procedente de la nada.

El juez a la izquierda, una figura sombría e imponente, se dirigió a mí con palabras que llevaban el peso de la divinidad.

—Ente Azaswa, preste atención. La existencia racional es una bendición, pero un humano carente de razón es tan solo un animal. En su mundo, solo las frutas maduran sobre la tierra. ¿Se considera usted digno de ser redimido y regresar como humano merecedor de razonamiento e inteligencia?

Antes de que pudiera articular mi respuesta, el mismo juez a la izquierda interrumpió mi intento, señalando con autoridad:

—¡Silencio, ente Azaswa! Le hice una pregunta, ¡pero no le he pedido una respuesta! Su partida de vida terrestre aconteció a los 27 años, cuando su destino debió concluir a los 72. Usted ha tejido 102,742 actos virtuosos y ha cometido 13’501,387 pecados.

No entendía todo del todo, estaba alegre de sentir mi cuerpo completo, sin embargo, sin vida, creo que era mi alma en forma de blanca energía similar a un nimbo. No obstante, la sentencia que los jueces deliberaban parecía más envuelta a mi contra que a mi favor.

El juez a la derecha, una figura severa y meticulosa, continuó el juicio con su implacable análisis:

—No cabe duda, ente Azaswa, usted no cumplió con los objetivos dados para su vida, sus convicciones humanas son una falta grave a la luz de la gracia. Un intento de suicidio claramente amerita un bucle animal; donde regresaría a la tierra en forma de insecto, masa de volcán, gotas de lluvia y rocas de mar. ¿Por qué los humanos no brillan como las estrellas al dejar la existencia? Lamento decir que usted es otro más que decepciona.

Los tres jueces entablaron un diálogo entre sí, a pesar de mis esfuerzos por comprender lo que hablaban, sus deliberaciones me eran en gran parte incomprensibles, aunque percibí palabras semejantes a las reglas inescrutables del karma y que el ciclo animal, al que aludían, era un castigo de duración incalculable. Podía ser, ¿los animales y algunas cosas inanimadas seres racionales que también habían incurrido en faltas?

El juez central, en su posición de máxima autoridad, anunció la sentencia con toda carga y gran severidad:

—Por segunda vez, ¡rueda Ohmoliwo! Su espíritu retornará al edén, su alma perderá sus recuerdos y será destinada a un ser vivo u otra cosa o entidad.

En ese instante, la voz que surgía de la nada resonó con fuerza en la corte:

«¡Siguiente!, ¡Frana Distancia!».

Alguna vez te has preguntado: ¿cuál es el mejor momento para escribir?

La respuesta honesta es predecible, aunque incomoda: no existe un momento universal. Hay escritores que aman la madrugada, otros que solo funcionan con la luz del día, algunos que escriben en ráfagas breves entre obligaciones. Sin embargo, pese a esa diversidad, hay un hecho difícil de ignorar: la noche se ha consolidado, históricamente y emocionalmente, como el territorio predilecto de la mayoría de los escritores.

No porque sea mágica por sí sola, sino porque reúne condiciones que difícilmente se repiten en otro momento del día.

La primera es el silencio. No solo el silencio externo —menos ruido, menos interrupciones—, sino uno más profundo: el silencio social. De noche, el mundo baja la guardia. Las expectativas se suspenden. Nadie espera productividad inmediata, respuestas rápidas o resultados visibles. Esa ausencia de demanda libera al escritor de una presión invisible que durante el día pesa más de lo que creemos.

Luego está la disminución de la vigilancia. Durante el día, incluso cuando estamos solos, sentimos que somos observados: por el tiempo, por la agenda, por lo que “deberíamos” estar haciendo. La noche desactiva ese sistema. Escribir deja de ser una tarea y se convierte en un acto íntimo, casi clandestino. Nadie ve. Nadie evalúa. Nadie interrumpe.

La noche también altera nuestra relación con el pensamiento. El cansancio, lejos de ser un enemigo absoluto, debilita las defensas del yo racional. Las ideas fluyen con menos filtros. Aparecen frases que durante el día serían censuradas por la lógica, el miedo o la corrección excesiva. Por eso la noche no siempre produce textos “ordenados”, pero sí textos honestos. Y la honestidad es una materia prima invaluable para la literatura.

Existe además una razón emocional: la noche nos enfrenta con nosotros mismos. Cuando el mundo se apaga, lo que queda no es el ruido externo, sino la memoria, la duda, el deseo, el dolor, la imaginación. La noche no distrae: concentra. Por eso tantos textos nocturnos tienen una densidad particular, una gravedad que no siempre se alcanza a plena luz.

Ahora bien, nada de esto significa que la noche sea el mejor momento para todos. Algunos escritores se pierden en ella, otros se paralizan, otros simplemente no pueden sostenerla físicamente. La escritura no admite dogmas. Pero sí admite patrones, y la noche ha demostrado ser, una y otra vez, un espacio fértil para quienes necesitan profundidad, silencio y riesgo.

En mi caso, la noche no es solo un horario: es un territorio creativo. No escribo de noche por romanticismo, sino por necesidad. Es cuando el mundo deja de exigirme ser algo distinto al que escribe. Es cuando las ideas no piden permiso. Es cuando la escritura deja de competir con la vida y se convierte, por unas horas, en la única forma posible de estar en ella.

Por algo adopté el nombre de “el escritor que nunca duerme”. No como una pose, sino como una constatación, porque fue el nombre que alguien me otorgó por un incidente relacionado con la misma noche. La noche me ha dado textos, fragmentos, derrotas, revelaciones, en la noche despierta el ente que duerme en mí. La noche me ha quitado los sueños, pero me ha devuelto sentidos. No siempre escribo de noche, pero cuando escribo lo que importa, casi siempre es ahí.

Tal vez el mejor momento para escribir no sea una hora específica, sino aquel instante en el que el mundo se calla lo suficiente para que uno pueda escucharse. Para muchos, ese instante ocurre cuando cae la noche. Y no es casualidad. La noche no promete facilidad, promete verdad, y para un escritor la verdad es más que suficiente.

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Trastorno en el aire es una obra nacida del caos, de la confusión y de esa sensación persistente de que el mundo no siempre responde a la lógica que intentamos imponerle.

La historia sigue a Togri, un personaje atrapado en una experiencia tan absurda como violenta, donde el tiempo, la memoria y la realidad parecen conspirar en su contra. No hay héroes claros ni respuestas fáciles, solo el vértigo de estar despierto en un sistema que no se detiene a explicar nada.

Este libro no busca comodidad. Busca incomodar, sacudir, dejar preguntas flotando en el aire incluso después de haber terminado la última página.

Actualmente, Trastorno en el aire se encuentra disponible en formato audiolibro, una experiencia pensada para ser escuchada con atención, donde la voz acompaña el ritmo interno del relato.

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Gracias por leer, escuchar y acompañar estas historias que no siempre buscan respuestas, pero sí verdad.